Conceptos holísticos de la
Medicina
Este trabajo es para integrar la manera científica de pensar
con las realidades más profundas que muchos científicos, incluyendo a muchos
profesionales médicos, ahora están tomando en cuenta. Específicamente, sobre
las enfermedades que sus pacientes sufren y la manera en que la mente, el
cuerpo y el espíritu se separan o se unen, para producir dichas anomalías y la
curación misma.
Durante los últimos 100 años, la principal norma de la
medicina occidental ha sido: separar a la mente del cuerpo, y a éstos del
espíritu.
Debido a que el entrenamiento para convertirse en parte del
sistema médico ha sido por muchas generaciones lo que es en la actualidad, es
fácil para la mayoría de los médicos alopáticos aceptar al cuerpo, muchos
incluso aceptan la presencia de la mente, pero a la mayoría les cuesta admitir
que ambos no sólo están interconectados sino que son inseparables.
No importa cuan difícil sea admitirlo, el reconocer que hay
algo que nos anima, algo que nos da la vida, y que éso no es sólo la
personalidad ni la voluntad, es duro para la mayoría de los médicos. En muchos
casos es difícil hasta para médicos que en el fondo son personas religiosas.
Históricamente, en el siglo 15, lo que hoy día vemos como la
medicina moderna se separó de la iglesia. Hasta ese entonces, los sanadores
reconocidos eran parte de ésta. En aquella época, Sir Isaac Newton y Rene
Descartes proclamaron una serie de conceptos científicos y filosóficos, que en
el futuro habrían de convertirse en la base de la ciencia y de la medicina
occidental moderna. Esos principios, junto con un progresivo alejamiento de la
iglesia, tuvieron el efecto de establecer—a nivel del diagnóstico médico—una
separación entre el cuerpo físico, la mente y el aspecto espiritual del ser
humano. Desde ese entonces, la medicina comenzó a basarse por completo en la
ciencia racionalista. Había que investigar y los resultados no sólo tenían que
ser duplicables sino matemática o intelectualmente comprobables. Nada era
aceptado si no podía verse o palparse físicamente. Para la salud corporal, las
emociones eran irrelevantes y el hombre fue separado de su naturaleza
espiritual, por lo menos en lo referente a la medicina.
Fue un movimiento que nos alejó de la fe, empujándonos hacia
los fríos hechos de la ciencia, porque lo espiritual era una fuerza intangible.
Nadie tomaba en cuenta, es esa época, la existencia de la mente. El resultado
fue que todo tenía que ser científicamente demostrado o que simplemente “no
existía.”
Durante varios cientos años ese concepto pareció funcionar.
Entonces científicos modernos como Alberto Einstein, Werner Heisenberg, Nils
Bohr y David Bohm, comenzaron a decirnos que si existía algo más allá de
lo que podía ser visto, saboreado, olido o tocado.
Einstein escribió que la ciencia moderna definitivamente
prueba la existencia de Dios. Bohm, un discípulo de Einstein, y una más
reciente influencia en la física moderna, incluso va más allá al decir,
"Dios es matemáticamente comprobable."
Heisenberg—como parte de su “Teoría de la Incertidumbre”—dijo
que los experimentos científicos no prueban nada, porque sus resultados son
altamente influenciados por la manera de ser de quien los lleva a cabo: Por sus
creencias, por lo que espera encontrar, por lo que su ética profesional le
permite ver, etc., todo lo cual condiciona el resultado final. Por
consiguiente, la experimentación científica siempre está parcializada.
Hoy día, hay un grupo de científicos de varias disciplinas
que se están reuniendo bajo un mismo estandarte llamado, Psico-Neuro-Inmunología
(PNI).
Ellos han podido trascender ese pesado pensamiento lineal al
que se apega la medicina alopática occidental. Están agregándole nuevas y muy
necesarias dimensiones a la usual práctica de la medicina; están re-integrando
la mente y el cuerpo, y en muchos casos: la mente, el cuerpo y el
espíritu.
Fritjov Capra, en sus libros El Tao de la Física y El
Punto de Retorno, se refiere a este movimiento como el nacimiento de un
“nuevo paradigma.” Él sugiere que ello está influenciando a toda la sociedad
occidental. En esto, Capra no sólo se refiere a la física y la medicina, sino a
la psicología, la economía, la política y a la concepción de la realidad misma.
El estudio de los vínculos que unen al cuerpo, la mente y el
espíritu, está demostrando que hay una nueva manera de ver la salud y la
enfermedad. Y una de las áreas que está tomando relevancia, es el papel que juega
el pensamiento, las emociones y el estrés con respecto al sistema inmune (SI) y
a la fisiología del cuerpo.
Ahora podemos entender mejor el efecto que tienen ciertos
procesos mentales sobre, por ejemplo, la presión sanguínea y las alérgias.
Ahora podemos observar los efectos fisiológicos inducidos por la oración y por
la visualización positiva, sobre el curso que ha de llevar una enfermedad.
Ahora sabemos que hay muchos factores internos involucrados en el surgimiento
de una enfermedad, en su curación y en el mantenimiento de la salud. La
enfermedad ya no es una mera extensión de la “Teoría de los Gérmenes”—la cual
dice que las infecciones son el resultado de una exposición a determinados
gérmenes—sino que se ha extendido para incluir la habilidad del cuerpo y de su
sistema inmune para resistir y destruir a organismos invasores, al Mecanismo
del Estrés, a nuestro entorno, a la nutrición y a todos los factores
involucrados en la defensa y protección de nuestro ser.
De cierto modo, es un retorno a conceptos más elementales,
incluso más “primitivos”—a la comprensión de que nada opera en un vacío. Que la
salud, enfermedad, sanación y hasta la muerte, son un producto de la compleja
interrelación entre quiénes somos, nuestros pensamientos, el Mecanismo del Estrés
y la interacción llevada a cabo entre nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro
espíritu.
Durante siglos
curanderos y shamanes han entendido esto. Desdeñados por hechiceros, farsantes
y fraudes, continuaron su trabajo, a menudo “bajo cuerda,” para tratar a la
persona entera. En muchos casos, pacientes que no pudieron recibir la ayuda que
necesitaban de la profesión médica convencional, la encontraron gracias a los
sanadores tradicionales que les ayudaron a recobrar la salud.
Muchos médicos se niegan a aceptar esas curaciones. Ellos ven
a los individuos sin preparación médica como si fueran unos embaucadores. Y sin
miramiento, los condenan a todos por igual—demasiadas veces, ellos, como dijo
Kepler, “botan al bebé junto con el agua de su baño.”
Muchos de estos médicos se sienten amenazados, muchos sienten
que si lo que se ha hecho no puede comprobarse científicamente, no puede
aceptarse. Algunos sugieren que ese otro tipo de curación se debe a la
“suerte.” Otros se defienden diciendo que “el diagnóstico inicial tiene que
haber estado errado”; que lo que pasó fue gracias a un “efecto placebo.” Otros
desdeñan lo hecho por los sanadores no-médicos como “trucos,” “superchería” y
en ocasiones, como “milagros espontáneos.” Sin embargo, a menudo dicen que lo
sucedido no era científico y que no puede aceptado sin pruebas y sin un
minucioso escrutinio.
Muchas veces empequeñecen la evidencia conseguida y la
descartan como algún tipo de aberración, o simplemente se niegan a aceptarla y
prefieren ignorar todo el asunto, como si nunca hubiese sucedido. Prefieren no
aprender de ello. Prefieren no hacer preguntas, ni observarlo de manera
científica. A menudo prefieren no ser molestados por tales hechos,
rechazándolos por completo.
Hay médicos que preguntan, “¿Cómo pudo un individuo que
estaba enfermo de repente curarse?”
“¿Qué fue lo que realmente sucedió?”
“¿Qué fundamento subyace lo que pasó?”
“¿Qué factores estaban involucrados?” Ellos preguntan e investigan,
aunque al hacerlo, arriesgan su reputación, su carrera profesional y su medio
de sustento. De estas personas y de las muchas preguntas que hacen, es que se
ha llegado a concluir que algo debe haber más allá de los estrechos
parámetros permitidos por la medicina moderna.
El paciente puede verlo como magia o como un milagro. Él
puede darle el crédito a Dios o puede creer que alguna fuerza misteriosa hizo
el trabajo, pero a fin de cuentas, los resultados no pueden ignorarse
fácilmente.
A pesar de que la psico-neuro-inmunología es una parte nueva
de las ciencias médicas, ya ha contribuido con importantes explicaciones y
resultados. Ahora tenemos evidencia contundente de que el pensamiento puede
cambiar la química del cuerpo. Sabemos que cuando tenemos pensamientos
buenos (positivos), creamos mensajeros neuroquímicos positivos que no sólo
están presentes en los tejidos del cerebro sino en todo el cuerpo.
También hemos aprendido que nuestros pensamientos no sólo
pueden crear o cambiar nuestro humor, sino que también pueden cambiar la
química de nuestro cuerpo, nuestra fisiología, mejorando o empeorándola. Ahora
sabemos que los pensamientos afectan la manera en la cual nos vemos a nosotros
mismos y al mundo que nos rodea. El pensar en que su mano se enfría, puede en
verdad bajar su temperatura. Si piensa que la mano derecha está fría y que la
izquierda está caliente, se bajará la temperatura de la mano derecha y subirá
la de la mano izquierda. Pruébelo con fe y lo verá por sí mismo.
Ahora sabemos que la mente no sólo se conecta al cuerpo, sino
que está íntimamente relacionada con éste, y que para todo fin práctico, son
una y la misma cosa.
Rápidamente estamos comprendiendo que la mayoría de las
enfermedades tienen un componente mental unido a éllas. Se trata de un
conflicto que no sólo está asociado con la enfermedad, sino que frecuentemente es
la causa de la misma.
Durante muchos años, los curanderos indígenas, los shamanes y
hechiceros, han estado diciéndonos que no sólo hay un componente mental y
emocional implicado en cada enfermedad física, mental y emocional, sino que
también siempre hay un componente espiritual.
Si bien hay trabajos prometedores al respecto, aún no hay
pruebas científicas de que un componente espiritual exista. Esto, por supuesto,
es un viejo dilema. ¿Podremos algún día comprobar científicamente la existencia
del espíritu? ¿Podremos demostrar científicamente que Dios existe? Por ahora,
ese es el lindero donde cesa la ciencia y comienza la religión, la metafísica o
la espiritualidad. A menudo, esta es la parte que al médico le cuesta aceptar:
el tener que engavetar sus textos médicos para comenzar a aceptar de buena fe,
que el aspecto espiritual del ser humano en verdad existe.
Este salto de fe, sin embargo, no debería ser tan difícil,
puesto que durante años la mayoría de los médicos han aprendido a tener fe en
lo que dicen sus libros, creyendo en su práctica de medicina, así como en sus
propias habilidades y conocimientos.
Heisenberg pudiera haber preguntado, “¿Cómo se puede
demostrar que algo existe, si las personas que realizan el experimento no dan
por posible que exista lo que buscan?” Esto es especialmente difícil cuando
aquéllos que sí creen que el aspecto espiritual existe, son tildados de
charlatanes o de necios por la comunidad científica a la que pertenecen. Para
descubrir la eventual interrelación entre el aspecto físico, emocional y
mental, es necesario, por lo menos, aceptar la posibilidad de que semejante
relación pudiera existir.
Lo cómico es que la mayoría de los “científicos” que son
escépticos al respecto de la relación que hay entre el cuerpo, la mente y el
espíritu, todos los días trabajan con la fe de que sus habilidades y medicinas
funcionan bien. Ellos aceptan que están vivos y que sus pacientes están vivos,
aunque no puedan demostrar que la vida misma existe. Ese “hecho” se acepta
basado en la fe, simplemente porque éllos así lo creen.
Un doctor con el que hablé recientemente me dijo que eso era
“algo sin sentido.” Me dijo que él podía ver la vida, sentirla y saber cuando
existe o no. Yo le pedí que me lo demostrara científicamente: no pudo.
La estructura médica actual que involucra el diagnóstico y el
tratamiento de enfermedades siempre será necesaria. Aún cuando pudiéramos
prevenir la mayoría de éstas, todavía quedan las lesiones y el desgaste normal
del cuerpo. Por lo tanto, en lugar de reemplazar el presente sistema médico, lo
más probable es que se le agreguen nuevas áreas. Estas nuevas adiciones
simplemente agregarían más dimensiones a la práctica médica, ampliando la
manera en la cual hoy día vemos el proceso de la vida. Esto aumentaría nuestro
“arsenal,” haciéndonos más valiosos y más confiables como sanadores.
Uno de los primeros beneficios de expandir la toma en cuenta
de los factores emocionales y mentales, es que escucharíamos de un modo
diferente a nuestros pacientes. Pondríamos más atención a lo que nos dicen
sobre sus síntomas, de manera más amplia y más inclusiva. Empezaríamos por
aceptar que los síntomas de una enfermedad son mensajes inteligentes de parte
del cuerpo, de la mente, del “yo” emocional y del espíritu del individuo, que
tratan de decirnos que hay un conflicto que se debe atender. Hasta cierto
punto, éso es algo que ya hacemos.
Expandir el diagnóstico para incluir las áreas emocionales,
mentales y espirituales no es muy diferente a escuchar cómo y cuando empezaron
los síntomas de una enfermedad: qué estaba ocurriendo en la vida del paciente
antes de empezar a manifestarse la enfermedad. Con esa información, algo de sentido
común, un poco de intuición y de conocimiento profesional, pronto podremos
determinar lo que puede haber originado dicha enfermedad.
Hoy día, hay un creciente grupo de osados médicos que
reconocen que la medicina estándar no le está funcionando a muchos de sus
pacientes. En muchos casos, simplemente tratar las enfermedades con drogas y/o
cirugía, no ayuda en nada y hasta puede empeorar las cosas. Muchos médicos
están reconociendo que a menudo ese tipo de medicina deja a las personas
mutiladas, dependientes de fármacos, con los mismos síntomas y con poca o
ninguna restauración. Sin encontrar la causa de la enfermedad, no se puede
esperar sanarla. Si la causa está en la interacción entre la mente, el
cuerpo y el espíritu, entonces los remedios tradicionales fallarán cada vez
más.
Muchos médicos también están conscientes de que los
medicamentos que prescriben a menudo hacen surgir nuevos problemas, angustiando
más a su paciente. Asimismo, muchos están reconociendo que el tratar los síntomas
de una enfermedad, no siempre garantizan que el paciente sanará.
Se están haciendo grandes esfuerzos, tanto de parte de los
médicos como de los pacientes por igual, para encontrar soluciones. Bernie
Siegel y Leo Bassiglia instruyen sobre el amor; Kenneth Pellitier escribe sobre
la “Mente Sanadora/Mente Asesina”; Arnold Fox escribe y diserta sobre la
relación que hay entre el sistema inmune y la salud. Ahora tenemos: homeopatía,
acupuntura, retroalimentación biológica (biofeedback), sanación por la fe,
bioenergética, energía de pirámides, macrobiótica, radiónica, meditación
transcendental, somatografía, aromaterapia, psicología biodinámica, por nombrar
sólo algunas de las nuevas técnicas que están compitiendo y en muchos casos,
ganándole a la práctica médica estándar.
Hoy día, en muchos casos, la gente visita al médico por
problemas que requieren de medicinas y cirugía; pero, para problemas que
involucran al cuerpo, alma y espíritu, van donde otro tipo de sanadores:
aquéllos que les ayuden a encontrar la raíz del problema.
La mayoría de los médicos se negarían a cooperar con
practicantes no-médicos o con médicos no-tradicionales. Si el paciente ya está
viéndose con un sanador, frecuentemente lo mantendrá en secreto, sin
notificárselo a su doctor. A la profesión médica convencional le gusta pensar
que están por encima de rituales, amuletos y hierbas sanadoras, pero la verdad
es que no lo están. Simplemente han disfrazado el proceso y le han dado un
nuevo tratamiento de Relaciones Públicas. Casi todo lo concerniente a la visita
al médico es un ritual. El paciente tiene que llamar para concertar su cita,
les hacemos llenar una infinidad de formularios, tomamos su historial médico,
pesamos al paciente, tomamos su presión sanguínea y le hacemos un examen
físico. Omita cualquiera de estos pasos y el paciente se sentirá defraudado, y
a veces el mismo médico se sentirá perturbado al respecto. En diversas
ocasiones los pacientes me han preguntado si no voy a escuchar su corazón,
incluso cuando su tipo de problema no lo requiere. El médico usa su “sagrado
estetoscopio” y su “santa bata blanca,” como símbolo y manto de su
“investidura” y de su “poder curativo.” Él receta versiones muy sofisticadas (y
costosas) de las preparaciones herbarias a ser tomadas por el paciente.
El Sacrificio:
En tiempos antiguos, esto significaba “pagar el precio” para
que las fuerzas superiores (Dios) aceptaran que se había “aprendido la
lección,” que se estaba listo para asumir la culpa y que se estaba ofreciendo
algo de gran valor a cambio. Todo ello para que las fuerzas naturales (los
dioses) lo aceptasen y estuviesen dispuestas a liberar al agraviado del
conflicto, de la culpa y de la vergüenza, y por ende, para redimirle de su
enfermedad.
El sacrificio tenía que ver con dos cosas: con el costo del
proceso de curación y con el precio del sanador. Había que pagar la deuda por
haberse equivocado o por causarle daño a otros o a sí mismo.
Hoy día, esto se hace a través de las cuentas médicas por la
consulta, por el costo de las medicinas y por aceptar el “poder sanador”
ejercido por el médico—estos son los aspectos más importantes de la dádiva del
sacrificio y del poderoso ritual curativo.
También pudiera verse de otra manera, una en donde el
sacrificio es la remoción quirúrgica de un órgano. En tales casos, el paciente
sacrifica un órgano para pagar la deuda que inconscientemente cree que debe
pagar. Esto es una especie de “ofrenda” a favor de la liberación del conflicto.
Una vez hecho el sacrificio, se le abren las puertas del
perdón. Para ellos, esto es absolutamente esencial para poder curarse y
restituir su salud. Señores Médicos, ¿cuántas veces un paciente le ha
agradecido profusamente, diciéndole que después de que usted les escuchó, ya se
sentían “mucho mejor”? A menudo esos mismos pacientes sólo tomaron la mitad del
medicamento que usted les recetó. Aún así, no sólo se sienten mejor, sino que
su enfermedad o su problema “se ha ido.”
El ir a la oficina del doctor (el ritual), el costo de la
consulta (el sacrificio) y la toma de la medicina, aunque sean sólo unas
cuantas gotas o píldoras (sacrificio y ritual), y el médico haberles escuchado
(la absolución/el perdón), ellos se curaron. La combinación de “sacrificios” y
del posterior “indulto,” consumaron los rituales necesarios para una curación.
¿Cuántas veces ha oído usted a personas diciendo que el haber
aceptado a Jesús, a Buda o a Mahoma, les curó? Cuando en realidad, el
“misterioso elemento” que les permitió curarse fue su propio perdón, y
el aceptar que el buen Dios les había equipado con todo lo necesario para
lograr su propia curación, ello, muchas veces representado por la figura
religiosa de su preferencia.
El perdón significa aceptación, y la aceptación cumple
con nuestra necesidad de ser nutridos y relevados de culpa; ello también
elimina la sensación de haber pecado. Esto produce y envía mensajeros químicos en
extremo positivos por todo el cuerpo, lo cual enciende los mecanismos
curativos del sistema inmune, aquellos que han de reparar y sanar las lesiones
físicas.
Resumen
Cuando experimentamos conflicto, culpa, amenaza, temor,
rabia, hostilidad, negatividad, etc., se activa el Mecanismo del Estrés, lo
cual, hasta cierto punto, es bueno pues activa los procesos de curación y los
sistemas de reparación del cuerpo. Esa misma respuesta activa al sistema
inmune, ya que éste y el sistema del estrés son esencialmente una misma cosa.
Si tales conflictos, amenazas, culpa, rabia u hostilidad no
se resuelven pronto, el sistema inmune se agobia y con el tiempo, las partes
más afectadas permitirán que la enfermedad entre al organismo (infección
bacterial, viral o parasitaria), o bien permitirá el desarrollo de tumores de
diversas índoles.
Allen Lawerence, M.D., Ph.D. 1996
Traducción libre por Frank Desmedt Van Dyck.
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Este escrito fue obtenido en http://consolani.tripod.com/pni.html
y es un servicio gratuito.
Visite el cuento terapéutico
infantil: “Un Socio ni tan
Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
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