miércoles, 13 de noviembre de 2013

Información general

Psico-Neuro-Inmunología: información básica.

Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más respetable. El término holístico  se deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos  los aspectos de la vida de sus pacientes: lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad?  Sólo después de comprobar que los pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo, pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI (psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología, neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas” por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el cerebro, tales como el ritmo cardíaco,  el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles, California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal, podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g., cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80 cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas (cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la respuesta a éllo es: . Al frente de esta investigación está el National Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos, i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI. Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos (químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal) la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert, y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo (i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en 1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control” que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI, para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas, y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback (retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI. Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones, i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas, fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo, comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo, pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular la  producción de alguna hormona que incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto, específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland, demostró que la relajación y la visualización mental positiva hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado? El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y duradera.

Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Este escrito fue obtenido en http://consolani.tripod.com/pni.html y es un servicio gratuito.

Visite el cuento terapéutico infantil: “Un Socio ni tan Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html

 Psico-Neuro-Inmunología: información básica.

Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más respetable. El término holístico  se deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos  los aspectos de la vida de sus pacientes: lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad?  Sólo después de comprobar que los pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo, pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI (psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología, neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas” por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el cerebro, tales como el ritmo cardíaco,  el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles, California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal, podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g., cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80 cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas (cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la respuesta a éllo es: . Al frente de esta investigación está el National Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos, i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI. Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos (químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal) la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert, y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo (i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en 1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control” que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI, para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas, y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback (retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI. Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones, i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas, fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo, comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo, pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular la  producción de alguna hormona que incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto, específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland, demostró que la relajación y la visualización mental positiva hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado? El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y duradera.

Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Este escrito fue obtenido en http://consolani.tripod.com/pni.html y es un servicio gratuito.

Visite el cuento terapéutico infantil: “Un Socio ni tan Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
 Psico-Neuro-Inmunología: información básica.

Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más respetable. El término holístico  se deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos  los aspectos de la vida de sus pacientes: lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad?  Sólo después de comprobar que los pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo, pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI (psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología, neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas” por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el cerebro, tales como el ritmo cardíaco,  el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles, California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal, podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g., cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80 cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas (cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la respuesta a éllo es: . Al frente de esta investigación está el National Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos, i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI. Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos (químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal) la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert, y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo (i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en 1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control” que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI, para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas, y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback (retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI. Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones, i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas, fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo, comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo, pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular la  producción de alguna hormona que incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto, específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland, demostró que la relajación y la visualización mental positiva hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado? El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y duradera.

Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Este escrito fue obtenido en http://consolani.tripod.com/pni.html y es un servicio gratuito.

Visite el cuento terapéutico infantil: “Un Socio ni tan Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
 Psico-Neuro-Inmunología: información básica.

Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más respetable. El término holístico  se deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos  los aspectos de la vida de sus pacientes: lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad?  Sólo después de comprobar que los pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo, pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI (psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología, neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas” por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el cerebro, tales como el ritmo cardíaco,  el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles, California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal, podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g., cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80 cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas (cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la respuesta a éllo es: . Al frente de esta investigación está el National Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos, i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI. Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos (químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal) la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert, y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo (i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en 1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control” que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI, para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas, y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback (retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI. Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones, i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas, fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo, comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo, pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular la  producción de alguna hormona que incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto, específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland, demostró que la relajación y la visualización mental positiva hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado? El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y duradera.

Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Este escrito fue obtenido en http://consolani.tripod.com/pni.html y es un servicio gratuito.

Visite el cuento terapéutico infantil: “Un Socio ni tan Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
 Psico-Neuro-Inmunología: información básica.

Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más respetable. El término holístico  se deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos  los aspectos de la vida de sus pacientes: lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad?  Sólo después de comprobar que los pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo, pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI (psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología, neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas” por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el cerebro, tales como el ritmo cardíaco,  el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles, California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal, podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g., cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80 cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas (cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la respuesta a éllo es: . Al frente de esta investigación está el National Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos, i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI. Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos (químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal) la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert, y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo (i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en 1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control” que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI, para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas, y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback (retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI. Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones, i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas, fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo, comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo, pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular la  producción de alguna hormona que incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto, específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland, demostró que la relajación y la visualización mental positiva hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado? El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y duradera.

Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Este escrito fue obtenido en http://consolani.tripod.com/pni.html y es un servicio gratuito.

Visite el cuento terapéutico infantil: “Un Socio ni tan Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html

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