Psico-Neuro-Inmunología:
información básica.
Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el
Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más
respetable. El término holístico se
deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus
partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos los aspectos de la vida de sus pacientes:
lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su
tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya
naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la
intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad? Sólo después de comprobar que los
pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y
anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo,
pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica
sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI
(psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la
mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el
cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología,
neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el
cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular
mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción
de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las
enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas”
por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso
de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A
pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los
investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender
mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes
del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la
química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la
comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia
el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano
sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de
bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores
piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten
los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el
cerebro, tales como el ritmo cardíaco,
el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales
provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del
cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su
capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes
hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y
su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del
paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia
de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un
simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas
de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles,
California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus
programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un
número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los
casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es
nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas
descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se
sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras
nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo
eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal,
podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con
técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron
tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de
los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores
de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía
del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del
cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían
sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el
cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las
respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g.,
cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo
de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común
científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado
por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza
haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80
cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la
existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero
descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por
las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían
adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de
multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas
(cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad
de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la
evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los
linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de
la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el
cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy
importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo
sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados
emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran
activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos
mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no
significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del
organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la
respuesta a éllo es: sí. Al frente de esta investigación está el National
Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace
Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue
una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como
la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este
descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el
cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del
oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido
a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen
las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro
controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos,
i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las
endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen
dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del
Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema
límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que
controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los
neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una
contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una
persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se
reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió
ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI.
Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su
investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un
SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le
mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o
entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a
estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el
macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una
ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando
en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi
cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos
(químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la
sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal)
la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes
estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert,
y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los
macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en
cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la
actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes
experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto
se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se
movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los
neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta
tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación
formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del
Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas
o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la
Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan
importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo
(i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en
1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar
señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la
corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza
cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba
la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto
producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado
izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba
considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores
o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el
número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello
comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba
al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente
o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de
un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones
para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera
similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la
lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada
predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los
pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que
deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como
teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar
emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la
acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el
desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control”
que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran
estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI,
para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora
que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema
Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera
concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas,
y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss
Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también
se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y
la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback
(retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de
una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI.
Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se
incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de
aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad
inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar
a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias
o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el
cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas
hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras
células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de
respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado
que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del
individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un
inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI
pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las
glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones,
i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los
leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En
su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la
acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en
un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo
aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas,
fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido
interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH
sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la
hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se
encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo,
comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso
por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con
todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las
endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo,
pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre
todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo
diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de
endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular
la producción de alguna hormona que
incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto,
específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un
órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos
extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y
Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland,
demostró que la relajación y la visualización mental positiva
hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen
mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías
del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas
enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta
adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado?
El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a
cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al
respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de
reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y
duradera.
Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Visite el cuento terapéutico
infantil: “Un Socio ni tan
Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el
Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más
respetable. El término holístico se
deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus
partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos los aspectos de la vida de sus pacientes:
lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su
tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya
naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la
intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad? Sólo después de comprobar que los
pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y
anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo,
pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica
sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI
(psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la
mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el
cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología,
neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el
cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular
mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción
de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las
enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas”
por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso
de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A
pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los
investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender
mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes
del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la
química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la
comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia
el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano
sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de
bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores
piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten
los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el
cerebro, tales como el ritmo cardíaco,
el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales
provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del
cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su
capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes
hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y
su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del
paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia
de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un
simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas
de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles,
California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus
programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un
número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los
casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es
nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas
descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se
sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras
nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo
eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal,
podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con
técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron
tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de
los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores
de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía
del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del
cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían
sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el
cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las
respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g.,
cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo
de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común
científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado
por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza
haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80
cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la
existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero
descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por
las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían
adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de
multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas
(cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad
de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la
evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los
linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de
la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el
cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy
importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo
sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados
emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran
activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos
mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no
significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del
organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la
respuesta a éllo es: sí. Al frente de esta investigación está el National
Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace
Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue
una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como
la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este
descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el
cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del
oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido
a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen
las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro
controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos,
i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las
endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen
dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del
Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema
límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que
controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los
neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una
contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una
persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se
reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió
ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI.
Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su
investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un
SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le
mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o
entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a
estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el
macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una
ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando
en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi
cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos
(químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la
sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal)
la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes
estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert,
y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los
macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en
cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la
actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes
experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto
se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se
movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los
neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta
tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación
formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del
Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas
o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la
Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan
importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo
(i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en
1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar
señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la
corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza
cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba
la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto
producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado
izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba
considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores
o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el
número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello
comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba
al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente
o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de
un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones
para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera
similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la
lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada
predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los
pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que
deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como
teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar
emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la
acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el
desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control”
que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran
estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI,
para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora
que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema
Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera
concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas,
y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss
Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también
se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y
la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback
(retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de
una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI.
Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se
incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de
aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad
inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar
a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias
o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el
cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas
hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras
células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de
respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado
que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del
individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un
inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI
pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las
glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones,
i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los
leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En
su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la
acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en
un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo
aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas,
fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido
interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH
sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la
hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se
encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo,
comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso
por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con
todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las
endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo,
pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre
todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo
diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de
endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular
la producción de alguna hormona que
incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto,
específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un
órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos
extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y
Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland,
demostró que la relajación y la visualización mental positiva
hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen
mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías
del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas
enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta
adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado?
El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a
cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al
respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de
reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y
duradera.
Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Visite el cuento terapéutico
infantil: “Un Socio ni tan
Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el
Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más
respetable. El término holístico se
deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus
partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos los aspectos de la vida de sus pacientes:
lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su
tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya
naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la
intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad? Sólo después de comprobar que los
pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y
anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo,
pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica
sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI
(psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la
mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el
cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología,
neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el
cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular
mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción
de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las
enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas”
por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso
de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A
pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los
investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender
mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes
del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la
química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la
comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia
el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano
sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de
bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores
piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten
los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el
cerebro, tales como el ritmo cardíaco,
el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales
provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del
cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su
capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes
hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y
su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del
paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia
de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un
simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas
de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles,
California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus
programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un
número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los
casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es
nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas
descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se
sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras
nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo
eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal,
podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con
técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron
tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de
los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores
de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía
del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del
cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían
sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el
cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las
respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g.,
cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo
de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común
científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado
por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza
haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80
cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la
existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero
descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por
las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían
adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de
multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas
(cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad
de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la
evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los
linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de
la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el
cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy
importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo
sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados
emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran
activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos
mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no
significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del
organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la
respuesta a éllo es: sí. Al frente de esta investigación está el National
Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace
Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue
una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como
la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este
descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el
cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del
oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido
a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen
las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro
controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos,
i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las
endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen
dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del
Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema
límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que
controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los
neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una
contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una
persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se
reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió
ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI.
Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su
investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un
SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le
mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o
entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a
estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el
macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una
ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando
en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi
cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos
(químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la
sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal)
la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes
estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert,
y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los
macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en
cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la
actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes
experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto
se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se
movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los
neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta
tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación
formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del
Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas
o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la
Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan
importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo
(i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en
1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar
señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la
corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza
cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba
la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto
producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado
izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba
considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores
o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el
número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello
comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba
al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente
o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de
un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones
para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera
similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la
lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada
predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los
pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que
deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como
teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar
emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la
acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el
desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control”
que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran
estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI,
para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora
que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema
Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera
concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas,
y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss
Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también
se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y
la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback
(retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de
una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI.
Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se
incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de
aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad
inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar
a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias
o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el
cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas
hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras
células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de
respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado
que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del
individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un
inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI
pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las
glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones,
i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los
leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En
su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la
acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en
un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo
aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas,
fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido
interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH
sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la
hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se
encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo,
comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso
por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con
todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las
endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo,
pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre
todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo
diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de
endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular
la producción de alguna hormona que
incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto,
específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un
órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos
extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y
Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland,
demostró que la relajación y la visualización mental positiva
hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen
mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías
del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas
enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta
adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado?
El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a
cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al
respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de
reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y
duradera.
Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Visite el cuento terapéutico
infantil: “Un Socio ni tan
Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el
Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más
respetable. El término holístico se
deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus
partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos los aspectos de la vida de sus pacientes:
lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su
tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya
naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la
intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad? Sólo después de comprobar que los
pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y
anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo,
pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica
sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI
(psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la
mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el
cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología,
neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el
cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular
mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción
de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las
enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas”
por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso
de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A
pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los
investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender
mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes
del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la
química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la
comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia
el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano
sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de
bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores
piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten
los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el
cerebro, tales como el ritmo cardíaco,
el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales
provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del
cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su
capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes
hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y
su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del
paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia
de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un
simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas
de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles,
California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus
programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un
número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los
casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es
nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas
descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se
sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras
nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo
eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal,
podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con
técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron
tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de
los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores
de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía
del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del
cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían
sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el
cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las
respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g.,
cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo
de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común
científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado
por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza
haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80
cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la
existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero
descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por
las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían
adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de
multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas
(cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad
de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la
evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los
linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de
la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el
cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy
importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo
sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados
emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran
activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos
mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no
significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del
organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la
respuesta a éllo es: sí. Al frente de esta investigación está el National
Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace
Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue
una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como
la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este
descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el
cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del
oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido
a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen
las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro
controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos,
i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las
endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen
dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del
Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema
límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que
controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los
neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una
contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una
persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se
reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió
ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI.
Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su
investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un
SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le
mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o
entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a
estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el
macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una
ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando
en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi
cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos
(químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la
sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal)
la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes
estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert,
y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los
macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en
cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la
actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes
experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto
se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se
movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los
neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta
tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación
formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del
Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas
o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la
Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan
importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo
(i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en
1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar
señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la
corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza
cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba
la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto
producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado
izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba
considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores
o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el
número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello
comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba
al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente
o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de
un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones
para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera
similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la
lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada
predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los
pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que
deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como
teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar
emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la
acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el
desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control”
que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran
estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI,
para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora
que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema
Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera
concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas,
y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss
Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también
se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y
la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback
(retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de
una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI.
Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se
incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de
aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad
inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar
a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias
o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el
cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas
hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras
células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de
respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado
que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del
individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un
inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI
pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las
glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones,
i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los
leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En
su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la
acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en
un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo
aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas,
fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido
interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH
sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la
hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se
encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo,
comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso
por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con
todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las
endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo,
pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre
todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo
diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de
endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular
la producción de alguna hormona que
incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto,
específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un
órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos
extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y
Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland,
demostró que la relajación y la visualización mental positiva
hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen
mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías
del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas
enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta
adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado?
El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a
cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al
respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de
reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y
duradera.
Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Visite el cuento terapéutico
infantil: “Un Socio ni tan
Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
Desde que se descubrieron los vínculos entre el cerebro y el
Sistema Inmunológico (SI), la medicina holística se ha convertido en algo más
respetable. El término holístico se
deriva de la filosofía que sostiene que “el todo es mayor que la suma de sus
partes.” En medicina holística, un doctor o terapeuta toma en cuenta todos los aspectos de la vida de sus pacientes:
lo físico, lo emocional y lo racional—tanto en su diagnóstico como en su
tratamiento.
Pero, ¿cómo puede la mente—esa abstracta facultad humana cuya
naturaleza ha sido debatida desde los días de los filósofos griegos—operar la
intrincada bioquímica que determina el curso de una enfermedad? Sólo después de comprobar que los
pensamientos y las imágenes mentales podían activar mecanismos químicos y
anatómicos que llevan mensajes desde el cerebro a las diversas células del organismo,
pudieron los seguidores de las terapias holísticas lograr una reputación medica
sólida. Los médicos partidarios de tales terapias ahora portan el acrónimo de PNI
(psico-neuro-inmunología). Mientras los terapeutas holísticos hablan de la
mente que cura al cuerpo, los investigadores PNI averiguan cómo es que el
cerebro afecta a las células inmunológicas de dicho cuerpo.
Basándose en las más sofisticadas técnicas de psicología,
neuro-biología e inmunología, esos investigadores han podido demostrar cómo el
cerebro puede enviar señales a lo largo de ciertos nervios para estimular
mecanismos de defensa contra las infecciones, y para activar la producción
de químicos que hacen que el organismo luche más agresivamente contra las
enfermedades. Y debido a que tales funciones pueden ser “encendidas y apagadas”
por los pensamientos y las emociones, no es de sorprenderse que el curso
de una enfermedad pueda ser alterado por ciertos estados mentales. A
pesar de que los escépticos los han retado a cada paso de su trayectoria, los
investigadores PNI ahora tienen las herramientas que les permiten comprender
mejor el funcionamiento de la medicina holística.
De hecho, se ha demostrado que el cerebro y los componentes
del SI (Sistema Inmunológico) trabajan en un circuito cerrado. No sólo puede la
química manejada por el cerebro regular las defensas inmunológicas sino que la
comunicación también funciona en sentido contrario, es decir, desde el SI hacia
el cerebro. De cierto modo, el SI actúa como una especie de vasto órgano
sensorial, enviando mensajes químicos que reportan la presencia de
bacterias, virus y tumores en cualquier parte del cuerpo. Los investigadores
piensan que durante una infección, las células inmunológicas no sólo combaten
los organismos invasores sino que influyen sobre funciones controladas por el
cerebro, tales como el ritmo cardíaco,
el sueño y la temperatura corporal. El hecho de que las señales
provenientes del SI llegen hasta los centros emocionales y racionales del
cerebro, explica por qué los enfermos se tornan irritables y por qué su
capacidad mental a veces se deteriora conforme progresa una enfermedad.
A pesar de que el PNI está en sus comienzos, sus recientes
hallazgos están obligando a la medicina tradicional a reconsiderar su opinión y
su habitual desdén por los tratamientos que pretenden emplear la mente del
paciente en contra de la enfermedad que padecen. Hoy día, casi toda conferencia
de importancia relacionada a la inmunología o a la neurociencia, incluye un
simposio sobre la interacción que hay entre el cerebro y el SI. Varias escuelas
de medicina, incluyendo la de UCLA (Universidad Central de Los Angeles,
California), están incorporando al PNI en su pensum de estudio y en sus
programas de investigación. El gobierno federal de U.S.A. ha concedido un
número importante de subvenciones a favor del PNI y de sus implicaciones en los
casos de cáncer, SIDA y de otras enfermedades graves.
La idea de que el SI y el cerebro están “conectados” no es
nada nuevo. Fue apenas al principio de este siglo cuando los anatomistas
descubrieron que el timo, la médula ósea y los nodos linfáticos—que ahora se
sabe que son importantes órganos inmunológicos—estaban entrelazados por fibras
nerviosas. Luego, en años posteriores, los investigadores mostraron que el estímulo
eléctrico o la remoción quirúrgica de ciertas partes del cerebro de un animal,
podían deteriorar o mejorar la habilidad de combatir las infecciones.
Debido a que tales exploraciones fueron realizadas con
técnicas un tanto primitivas, en una época que poco se sabía del SI, no fueron
tomadas muy en serio por la conservadora comunidad médica. Durante la década de
los 60, cuando la inmunología apenas estaba en su infancia, los investigadores
de aquel entonces estaban tan enfrascados con las complejidades de la anatomía
del SI, que no les quedaba tiempo ni ganas de examinar cómo otras áreas del
cuerpo pudieran ser reguladas por ese sistema. De hecho, mientras más aprendían
sobre las “independientes” células del SI, menos importancia parecía tener el
cerebro y los órganos afines. Después de todo, si la mayor parte de las
respuestas inmunológicas se llevaban a cabo espontáneamente, e.g.,
cuando los glóbulos blancos de la sangre y las bacterias se juntaban en un tubo
de ensayo, ¿para qué involucrar al sistema nervioso del paciente?
No obstante, un SI autónomo violaba el sentido común
científico. Debido a que todo subsistema de un organismo vivo es administrado
por alguna función del cerebro, no había razón para pensar que la naturaleza
haría una excepción con un mecanismo tan importante para la supervivencia.
Aún así, no fue sino a principios de la década de los 80
cuando la ciencia tuvo que atender la avasallante evidencia que comprobaba la
existencia de vínculos químicos y anatómicos entre el cerebro y el SI. Primero
descubrieron que los neurotransmisores (i.e., los químicos liberados por
las células nerviosas de acuerdo a los distintos estados emocionales) podían
adherirse a las células del SI y de esa manera alterar tanto su capacidad de
multiplicarse, como la de atacar y eliminar invasores.
Luego aparecieron informes que indicaban que las hormonas
(cuya secreción es regulada por el cerebro) también podían afectar la habilidad
de tales células para combatir enfermedades. Y finalmente, apareció la
evidencia de conexiones químicas entre los órganos inmunológicos y los
linfocitos (las pequeñas células blancas de la sangre que se ponen al frente de
la batalla que libera el cuerpo contra las infecciones, los tumores y el
cáncer).
Todo esto llevó a pensar que el cerebro tendría algo muy
importante que comunicar a lo largo de tales vínculos. En efecto, según lo
sostienen los investigadores PNI, el cerebro estaba comunicando sus estados
emocionales. Los nervios y las hormonas que llevaban el mensaje eran
activados en los momentos de estrés o de depresión. Ahora bien, si esos
mismos nervios y hormonas activaban y desactivaban el Sistema Inmunológico, ¿no
significaría eso que las emociones podían alterar la susceptibilidad del
organismo hacia una enfermedad o una alérgia?
Los estudios de la química del cerebro han demostrado que la
respuesta a éllo es: sí. Al frente de esta investigación está el National
Institute of Mental Health (NIMH), a través de la neurofarmacóloga Candace
Pert. Ella, mientras fue estudiante de postgrado en John Hopkins, en 1973, fue
una de las primeras personas en demostrar que las drogas opiáceas, tales como
la morfina y la heroína, podían adherirse a las células del cerebro. Este
descubrimiento—junto con otro, unos dos años después, en el que demostró que el
cuerpo podía elaborar su propio compuesto llamado endorfinas—sacó del
oscurantismo al abuso y la adicción a las opiáceas. Más importante aún, debido
a que las endorfinas tienen la misma capacidad de alterar el ánimo que tienen
las drogas opiáceas, se abrió un nuevo universo al respecto de cómo el cerebro
controla las emociones.
Pert se ha dedicado al estudio de los neuropéptidos,
i.e., pequeñas estructuras químicas del tipo proteínico (que incluyen a las
endorfinas) producidas por las células del cerebro. Los neuropéptidos tienen
dos atributos importantes: su actividad puede producir efectos como los del
Valium y la heroína; y que existen en cantidades importantes en el sistema
límbico, i.e., una parte primitiva del cerebro considerada como el área que
controla las emociones y la motivación.
Según Pert, esto sólo podía significar una cosa: que los
neuropéptidos constituyen la base bioquímica de las emociones; cada una
contribuyendo en su particular manera al estado anímico o al tono emocional de una
persona. La combinación de un momento dado produciría un “coctel” que se
reconocería por la emoción mostrada por la persona.
Después de diez años de estudios en el área cerebral decidió
ampliar sus investigaciones, y en 1983 encontró, casi por accidente, el PNI.
Acababa de emplear los servicios de un inmunólogo para que le ayudase con su
investigación sobre la esquizofrenia (lo cual ella creía ser producido por un
SI hiperactivo que atacaba al cerebro del propio individuo), cuando éste le
mostró un artículo que afirmaba que las endorfinas podían estimular o
entorpecer la actividad de las células inmunológicas.
Junto con otro inmunólogo, Michael Ruff, Pert comenzó a
estudiar lo que ella llama “la más fascinante célula del Sistema Inmunológico”—el
macrófago. Los macrófagos son estructuras grandes, muy similares a una
ameba, las cuales se infiltran por los alrededores de toda infección, ayudando
en la reconstrucción de tejidos dañados y devorando bacterias, virus y casi
cualquier otra cosa extraña que las moleste—¡hasta limaduras de hierro!
Casi todo neuropéptido estudiado por Pert y Ruff—los opiáceos
(químicos similares al Valium), y los “mensajeros del dolor,” tal como la
sustancia P— podían adherirse al macrófago y cambiar (para bien o para mal)
la velocidad y el sentido de su movimiento. Por lo tanto, si diferentes
estados de ánimo producían diferentes neuropéptidos (y viceversa), razonó Pert,
y si cada neuropéptido tenía un efecto diferente sobre el proceder de los
macrófagos, entonces dichos estados de ánimo podían influir sobre el modo en
cual los macrófagos combatían una enfermedad.
Pert y Ruff han venido estudiando esta idea, midiendo la
actividad de los macrófagos tomados de personas sometidas a diferentes
experiencias emocionales. En cierta prueba, confirmaron que cuando a un sujeto
se le hace sentir desamparado, desanimado o impotente, sus macrófagos se
movían más lenta y pesadamente, probablemente debido a la acción de los
neuropéptidos que se les habían adherido. Ella enfatiza que hay unos cincuenta
tipos de neuropéptidos, y que cada uno por separado, así como cada combinación
formada entre éllos, afecta de manera un poco diferente la actividad del
Sistema Inmunológico.
Tan importantes como las emociones son los tipos de ideas
o pensamientos racionales de un individuo. Según Gérard Renoux, de la
Universidad de Tours, en Francia, la corteza cerebral representa un papel tan
importante en la regulación del SI, como el de las zonas límbicas del mismo
(i.e., la zona que maneja las emociones). Renoux se convirtió en inmunólogo en
1960, cuando sólo había un puñado de ellos en el mundo.
Luego de descubrir que muchas áreas del cerebro podían enviar
señales al SI, Renoux decidió comenzar a estudiarlas desde arriba: desde la
corteza cerebral. Se dio cuenta que al destruir una parte de la corteza
cerebral de un ratón (lo cual no afectaba mucho el comportamiento del animal), cambiaba
la estructura y la actividad de sus células inmunológicas. Pero, el efecto
producido dependía del lóbulo cerebral que se afectara. Si se dañaba el lado
izquierdo del cerebro del ratón, el número de glóbulos blancos bajaba
considerablemente, y los que quedaban eran muy ineficientes para atacar tumores
o agentes de una infección. En cambio, si se lesionaba el lóbulo derecho, el
número de células no se reducía; pero, sí se hacían más activas. Con ello
comprobó que la acción del lado izquierdo de la corteza cerebral estimulaba
al SI y que la acción del lado derecho lo suprimía, bien sea directamente
o disminuyendo la actividad del lado izquierdo. Aunque la corteza cerebral de
un ser humano es obviamente mucho más compleja que la de un ratón, hay razones
para pensar que su actividad puede influir sobre el SI humano de manera
similar.
Las teorías de Renoux explican cómo las emociones afectan la
lucha contra el cáncer. Ya que la visualización parece ser controlada
predominantemente por el lado derecho del cerebro, es posible que los
pacientes que ejerciten este hemisferio, de algún modo lo “distraigan” para que
deje funcionar apropiadamente al SI. Algunos investigadores sugieren, como
teoría alterna, que el lado izquierdo del cerebro se especializa en procesar
emociones positivas, como el buen ánimo, el optimismo y la alegría, y que la
acción del lado derecho se ocupa de las negativas, como la apatía y el
desespero. En estos términos, la esperanza y la sensación de “estar en control”
que las terapias holísticas ayudan a establecer en el paciente, pudieran
estimular el lóbulo izquierdo para que su acción ayude a fortificar al SI,
para que éste combata mejor a los tumores y a otros intrusos corporales. Ahora
que se sabe que el cerebro puede comunicarse con las células del Sistema
Inmunológico, está claro que el estado mental de un paciente puede, de manera
concreta y determinante, afectar el estado de sus defensas inmunológicas,
y por lo tanto, ayudar o limitar su lucha contra las enfermedades.
Otros investigadores, tales como Hugo Besedovsky, del Swiss
Research Institute, en Davos-Platz, Suiza, han encontrado que el SI también
se “comunica” con el cerebro. Hace unos 25 años, el inmunólogo Ernst Sorkin y
la bioquímica Adriana del Rey comenzaron a estudiar este tipo de feedback
(retroalimentación). En un experimento, implantaron electrodos en el cerebro de
una rata y luego le inyectaron células extrañas para así estimular al SI.
Mientras esto sucedía, la actividad eléctrica del cerebro de la rata se
incrementó y los niveles de ciertos químicos cerebrales bajaron. A partir de
aquel experimento, se descubrió que el cerebro no sólo monitoreaba la actividad
inmunológica del organismo sino que guardaba esa información para ayudar
a mantener la efectividad del SI.
Cuando los linfocitos y los macrófagos se topan con bacterias
o virus, aparte de atacarlos, envían señales químicas por la sangre hacia el
cerebro. Estas señales le indican que debe activar la producción de ciertas
hormonas, las cuales a su vez incrementan o aminoran la actividad de las otras
células del Sistema Inmunológico.
El envío de señales desde el SI al cerebro, y la remisión de
respuestas de éste hacia el SI, según Besedovsky, forman un circuito cerrado
que actúa de forma mancomunada para coordinar el comportamiento orgánico del
individuo, y así poder aumentar sus probabilidades de sobrevivencia.
En un experimento llevado a cabo en 1979 por Ed Blalock, un
inmunólogo de la Universidad de Alabama, se demostró que las células del SI
pueden “hablar” con el cerebro de la misma manera que el cerebro y las
glándulas “hablan” entre sí—en el lenguaje de las hormonas. Él estudió los interferones,
i.e., químicos relacionados con las células blancas de la sangre, los
leucocitos, que también ayudan al cuerpo a librarse de virus y de tumores. En
su célebre experimento, notó que los interferones podían mimetizar (copiar) la
acción de ciertas hormonas. Mas aún, cuando colocó algunas células blancas en
un tubo de ensayo y estimuló la producción de interferones, en el cultivo
aparecieron hormonas, endorfinas y ACTH. Esto, luego de exhaustivas pruebas,
fue concluyente: las células inmunológicas, por su cuenta, habían producido
interferones y hormonas. No sólo las hicieron producir endorfinas y ACTH
sino que, con el estímulo apropiado, hicieron que dichas células produjeran la
hormona del crecimiento, así como la que estimula la tiroides y la que se
encarga de la función reproductora de las otras células. Ello, de cierto modo,
comprobaba que el SI, en lugar de ser un órgano localizado, es un mecanismo disperso
por todo el organismo. Esto a su vez significa que el SI podía “hablar” con
todos los órganos del cuerpo. Por ejemplo, durante una infección, las
endorfinas producidas pos las células inmunológicas de cierta área del cuerpo,
pueden ayudar a mitigar un dolor localizado en esa área. También pueden, entre
todas, colaborar con la subida de ánimo del paciente.
Según Blalock, las células inmunológicas responden de modo
diferente ante estímulos distintos: un virus puede causar la producción de
endorfinas, mientras que una célula extraña al organismo puede estimular
la producción de alguna hormona que
incremente la efectividad defensora de las células del SI. Esto,
específicamente, lo ha llevado a proponer que el SI puede actuar como un
órgano sensorial que le indica al cerebro qué tipos de microbios/cuerpos
extraños están invadiendo al organismo.
Un estudio piloto hecho por los psicólogos Barry Gruber y
Stephen Hersh, del Medical Illness Center, en Chevy Chase, Maryland,
demostró que la relajación y la visualización mental positiva
hace que los linfocitos de pacientes afectados por cáncer se multipliquen
mejor y luchen con más efectividad contra los tumores.
Hoy día se considera que el cáncer y el SIDA son anomalías
del tipo P.N.I. El paciente típico al que se le comunica la presencia de esas
enfermedades, cae en una depresión severa, y ya que esa depresión afecta
adversamente al SI, termina con una doble dosis de inmunosupresión. ¿Resultado?
El organismo sucumbe cada vez más ante esta situación. ¿Remedio? Comenzar a
cambiar los estados emocionales adversos y los pensamientos negativos al
respecto. Esto le dará al SI la oportunidad de recuperar fuerzas y de
reorganizar su acción sanadora. Este es el comienzo de la sanación efectiva y
duradera.
Traducido por Frank Desmedt Van Dyck.
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Silencioso” en: http://consolani.tripod.com/intro.html
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